Hoy en día, el doctor Alfredo Quiñones-Hinojosa es un médico, científico y neurocirujano egresado de Harvard, que cuenta con reconocimiento internacional y labora en el Hospital de Johns Hopkins, en Baltimore, Maryland; sin embargo el camino que tuvo que recorrer para llegar hasta donde está no ha sido muy diferente al que día a día viven miles de inmigrantes indocumentados que deciden viajar a Estados Unidos.

Los humildes orígenes de Alfredo yacen en Mexicali, Baja California, en México, donde creció como el mayor de seis hermanos, por lo que comenzó a trabajar a los cinco años, vendiendo comida a conductores en gasolineras para ganar un dinero extra para ayudar a mantener a su familia.

“Aunque yo nunca sentí que mi vida fuera dura, tenía grandes sueños y prefería arriesgar mi vida a quedarme en México”, dice sinceramente Alfredo, quien, a pesar de sus humildes recursos, destacaba en la escuela, por lo que se graduó de una universidad local cuando apenas tenía 18 años de edad.

Fue en ese momento cuando emprendió la búsqueda de su sueño. En 1987, a los 19 años, Alfredo Quiñones-Hinojosa literalmente brincó la barda fronteriza entre México y Estados Unidos; sin embargo, la policía fronteriza lo capturó y mandó de regreso. “Yo conocía los riesgos”, admite, por lo cual, más tarde, ese mismo día, volvió a intentarlo y esta vez lo logró.

“Era un privilegio para mi el estar aquí. Disfruté cada paso porque yo sabía que todo iba hacia algo más grande”, rememora el ahora reconocido médico, quien comenta que esto solo fue el principio, ya que no tenía dinero, y en ese entonces no podía hablar inglés.

El joven Alfredo llegó a Fresno, California, donde trabajó un par de años como pizcador de algodón, pintor, y soldador. Vivía en una casa móvil parchada con madera y después compartió un departamento con cinco miembros de su familia. Comenzó a ir a la escuela y aprendió inglés, practicando sus habilidades de comunicación mientras trabajaba como soldador en una compañía ferrocarrilera.

Fue aquí cuando, en 1989, cuando tenía 21 años de edad, cayó dentro de un tanque de petróleo vacío, una caída de aproximadamente 18 pies; al reaccionar, comenzó a escalar una cuerda que le habían aventado sus compañeros, pero al llegar arriba y agarrar una mano para jalarlo hacia afuera, Alfredo se consumió por las toxinas y cayó de nuevo al tanque, cuando volvió a despertar se encontraba en la unidad de cuidados intensivos de un hospital cercano.

“Siempre he sentido que todo lo que me ha pasado desde ese momento ha sido un regalo. Yo no pienso que estaba destinado a salir de eso”, reflexiona Alfredo. Tres años después, en 1992, recibió una beca para la Universidad de California Berkeley, donde estudió psicología.

Mientras decidía entre estudiar la escuela de leyes o de medicina pensó en su abuela, quien era una curandera en su natal Mexicali, esto lo inspiró a ser médico. Alfredo hizo una tesis en neurociencias y fue animado por un par de asesores para aplicar a la Escuela de Medicina de Harvard, donde fue aceptado.

En Harvard, Alfredo se volvió muy distinguido, no solo académicamente, sino también por sus actividades comunitarias, ayudando a los estudiantes menos afortunados al darles un lugar dónde quedarse. Al graduarse, en 1999, hizo su internado, residencia, y trabajo post-doctoral en la Universidad de California San Francisco.

En el año 2005, el médico llegó al Hospital de Johns Hopkins como profesor y cirujano especializado en cáncer cerebral y tumores pituitarios. Sus títulos oficiales hoy incluyen Profesor Asociado de Cirugía Neurológica, Profesor Asociado de Oncología, Director del Programa de Cirugía de Tumores Cerebrales en Johns Hopkins Bayview Medical Center, y Director del Programa de Cirugía Pituitaria en el Hospital Johns Hopkins.

“Literalmente, podríamos entrenar a un chango para que hiciera lo que hacemos (los doctores); la dificultad de lo que hacemos no está en la cirugía, está en la conexión emocional que formas con los pacientes”, explica Alfredo sobre su trabajo, quien, cuando no está enseñando o en el quirófano, se encuentra en su laboratorio trabajando en su investigación para intentar curar el cáncer.

 

Fuente: Dr. Q’s Quest




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